«¿La camiseta verde, la que tiene el pez?», me preguntó el tipo de la lavandería, un hombre de unos cincuenta años con cara de no haber dormido bien nunca en su vida. Le dije que no, que la mía era azul, con letras. Se encogió de hombros. Eso fue ayer, y hoy la camiseta azul sigue sin aparecer. La que me quedé yo, la que alguien dejó entre mi ropa sin querer, es gris, de algodón grueso, y me queda bastante mejor que la mía. No voy a fingir que estoy enfadado.
El puerto de Juárez no es lo que nadie viene a buscar cuando piensa en Cancún. Aquí no hay tumbonas ni vendedores de excursiones en catamarán: hay barcas de fibra de vidrio con nombres pintados a mano, redes que huelen exactamente a lo que son, y tipos que descargan hielo a las ocho de la mañana con la misma expresión con que cualquiera enfrenta un lunes. Llegué sin mirar el móvil, cogí la avenida hacia el norte siguiendo lo que me había dicho un chico en la recepción del alojamiento, y el puerto apareció al final de una calle recta sin ningún tipo de anuncio turístico. Eso ya es información.
Me senté en un bordillo a observar durante un buen rato. Un hombre separaba el pescado en dos cajas con una metodología que me resultó completamente opaca pero que claramente tenía su lógica. Le pregunté dónde comía él. No me señaló a ningún sitio hacia la zona de hoteles. Señaló hacia una calle lateral, me dijo que buscara el local con la cortina naranja y que pidiera el ceviche de camarón porque el de pescado del jueves no valía. Jueves. Apunté mentalmente que era jueves.
La cortina naranja estaba ahí, exactamente donde dijo. Dentro: cuatro mesas de madera, un calendario en la pared con la foto de un lago que no reconocí, estantes con tarros ordenados por tamaño, y una mujer que me miró como si yo fuera el tercero en llegar tarde a algo. No había carta visible. Le pregunté si tenía ceviche de camarón. Me dijo que sí. No me preguntó nada más. Bien.
Pienso a veces en la cantidad de restaurantes con WiFi y reseñas de cuatro comas algo que he entrado en los últimos meses buscando exactamente esto: un plato que sepa a algo concreto en un sitio sin pretensiones. Me acuerdo de que en Georgia, que es un país donde nadie va a buscar nada pero donde cada cosa sabe exactamente a lo que tiene que saber, me pasó lo mismo en una ciudad cuyo nombre no voy a intentar escribir aquí. El problema de los Balcanes, de los bálticos, del Cáucaso entero, es que para cuando consigues encontrar lo que buscas ya llevas tanto tiempo buscándolo que no sabes si te gusta de verdad o solo te alivia. El ceviche llegó antes de que terminara ese pensamiento.
Era ácido de verdad, con cebolla morada que no había perdido la textura, y el vaso de agua de Jamaica que vino con él estaba frío pero no de nevera industrial, sino de esa temperatura intermedia que indica que alguien lo hizo esta mañana y lo metió en algo pequeño. Costó menos de lo que cuesta un café en cualquier sitio con terraza en la Zona Hotelera. No voy a poner el precio porque no quiero que esto se convierta en una recomendación turística, pero la diferencia es suficiente para que importe.
La camiseta gris que no es mía sigue en mi mochila. Esta tarde pensé en volver a la lavandería para plantear el intercambio como un tema oficial, pero la verdad es que no tengo ningún interés real en recuperar la azul. Quizás la dueña de la gris tampoco.
Imprescindible en Cancún, México
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