«¿Vas a pedir algo más o solo el té?», me preguntó la mujer desde detrás del mostrador, sin mala intención, pero con ese tono de quien lleva cuatro horas de pie y no está para dilaciones. Le dije que el té estaba bien por ahora. Me miró un segundo, volvió a sus cosas y yo me quedé mirando los 177,50 yenes que me quedaban en efectivo sobre la mesa, contados de memoria porque el datáfono del konbini sigue roto desde anteayer y no hay forma de saber cuándo lo arreglan.
El cuenco de sopa llegó de todas formas. No sé muy bien cómo ocurrió: supongo que cuando llevas cuatro días sentado en el mismo pueblo y entras al mismo sitio tres mañanas seguidas, en algún momento alguien te trae algo sin que lo hayas pedido del todo. Era miso con algo blanco flotando dentro, tofu o nabo, no pregunté, y venía acompañado de una taza de té que ya tenía. El vapor subía recto porque no había corriente. La madera de la mesa tenía una mancha oscura en forma de herradura que ya conocía de antes. Hay un papel decorativo en la pared con un pino impreso que no encaja del todo con el resto del local pero tampoco desentona, simplemente está ahí desde hace años y nadie lo ha quitado.
Llevaba un rato con el cuenco vacío cuando entró un hombre de unos sesenta años con una caja de plástico llena de verduras, de esas que parecen recién sacadas de la tierra porque todavía tienen barro en la base. Dejó la caja en el suelo junto al mostrador, intercambió cuatro palabras con la dueña en japonés demasiado rápido para que yo captara algo, y se sentó en la mesa de al lado con el gesto de quien ha estado de pie desde las seis de la mañana. Pedí la sopa porque a estas alturas ya no tengo cuaderno donde apuntar nada, el verde oscuro sigue sin aparecer, y la única forma de no perder el hilo de lo que pasa es quedarme quieto y prestar atención.
El hombre me miró. No de forma amenazante ni curiosa, más bien con la misma expresión con la que uno mira un árbol en medio de un campo: estás ahí, qué le vamos a hacer. Luego señaló mi taza vacía y dijo algo que sonó a pregunta. «¿Más té?», interpreté, aunque bien podría haber sido cualquier otra cosa. Asentí. La dueña trajo más té para los dos. Él sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa, lo abrió sobre la mesa, y empezó a leer con mucho detenimiento. Lo que me llamó la atención es que el papel tenía dibujada a mano una especie de tabla con columnas, como un registro de algo, cosechas o entregas, no estoy seguro.
En Cal Padrí hay un libro parecido, uno de esos libretas viejas donde se apunta quién trajo aceite y quién trajo el tocino para la escudella de noviembre. No sé por qué lo recordé ahora. El hombre de la caja de verduras tiene una caligrafía muy pequeña y muy limpia para alguien con las manos que tiene.
Antes de irse dejó unas monedas en el mostrador, recogió la caja y me hizo un gesto con la cabeza que no supe descifrar del todo: podía ser un saludo de despedida o podía ser una pregunta sin respuesta. Me quedé con la duda. La dueña me preguntó si quería algo más y esta vez dije que sí, otro té, porque me quedaban 177,50 yenes y el té valía 200 y me importó bastante poco el déficit aritmético del asunto.
Imprescindible en Ōzora, Japón
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