Cuando el teléfono vibró a las nueve y cuarto con un mensaje de Rajiv, lo primero que pensé fue que iba a pedirme algo imposible con plazos imposibles, como suele pasar con los contactos que no te escriben en meses. No me equivoqué del todo, aunque esta vez al menos había dinero de por medio.

El mensaje era corto: su sistema de IA para clasificación de texto llevaba dos semanas fallando en producción, los ingenieros locales no daban con la causa, y él recordaba que yo había hecho algo parecido hace dos años. ¿Podía echar un vistazo por videollamada? Le dije que sí antes de leer el resto, porque con la situación que arrastro desde hace cinco días (la cartera, el efectivo, el bloqueo que todavía no he podido resolver del todo), cualquier transferencia que llegue antes del lunes tiene un peso específico que prefiero no calcular en voz alta.

Dos sesiones, dos horas cada una. La primera fue a las diez, la segunda después de comer. Entre medias salí a Qingni Street a caminar un rato, porque llevar tres horas mirando logs de Python en una habitación de ocho metros cuadrados hace algo raro con la percepción del espacio. El sol de agosto en Ganjingzi a mediodía no perdona: la calle huele a frituras y a gasoil y a algo dulce que nunca he identificado bien, quizá algún almíbar de los puestos de fruta. No me quedé mucho tiempo. El calor aquí es húmedo, pegajoso, el tipo de calor que te recuerda que estás en una ciudad costera aunque no veas el mar desde donde estás.

La segunda llamada fue mejor. Encontré el problema en el preprocesado de tokens, un error de codificación que se colaba de manera intermitente con caracteres del chino simplificado, y expliqué por dónde deberían empezar a corregirlo. Rajiv lo entendió rápido, que es lo que más agradezco de trabajar con gente técnica: no hay que traducir. La transferencia llegó antes de las cinco. No voy a decir cuánto fue, pero fue suficiente para que el resto del día no tuviera esa textura de urgencia continua que ya empezaba a parecerme normal.

Por la tarde terminé en un restaurante cerca de Yurenmatou, uno de esos locales con manteles de tela y luz amarilla que en la carta tiene el precio escrito a mano. Pedí un pescado guisado en salsa oscura que no supe identificar bien (le pregunté al camarero en un chino chapurreado que claramente no le hizo gracia) y que venía decorado con cebollino picado por encima, con una salsa espesa que manchaba el mantel si no tenías cuidado. Era bueno. No espectacular, pero era honesto: sabía a pescado real, no a la versión turística del pescado. El camarero que me lo sirvió tenía una forma de acercar el plato a la mesa sin mirarme a la cara, como si preferiera que el pescado y yo resolviéramos nuestras diferencias en privado.

Chapurreo italiano, francés, alemán y algo de ruso, pero el chino mandarín me sigue ganando por goleada. Hay una diferencia entre los idiomas que aprendí de adulto por curiosidad y los que necesito urgentemente ahora mismo para pedir que no me pongan picante o para entender si el bus que viene es el que me lleva a donde quiero ir. El ruso al menos comparte alfabeto con algo; el chino es otro planeta.

Y el bus. El bus de esta tarde, el que cogí de vuelta, se quedó parado veinte minutos en mitad de Huangpu Road sin explicación aparente, con el conductor mirando el teléfono. Sexta vez en lo que va del mes que algún transporte me hace esto. Ya no me sorprende, lo que no sé es si eso es adaptación o resignación.

El mantel tenía una mancha de salsa en el borde. La miré un rato más de la cuenta.

Imprescindible en Dalian (Ganjingzi), China

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