La ropa todavía huele a esa fuente. Ayer me disparó un chorro a la altura del tobillo y acabé empapado de pies a cabeza en mitad de la calle, delante de nadie en particular y de todo el mundo a la vez, que es la peor combinación posible. Hoy la camiseta está seca y los zapatos han recuperado más o menos su forma, pero algo en cómo leo este tramo del Sendai Bypass ha cambiado: miro las baldosas con más atención de la necesaria, como si el pavimento fuera a volver a hacerme algo.

Natori a esta hora de la tarde tiene ese ritmo de ciudad que no se esfuerza en parecer ciudad. Un par de máquinas expendedoras frente a una tienda de electrodomésticos con la persiana a medias, un hombre en moto parado en doble fila con más cajas encima de las que cualquier amortiguador debería tolerar, dos personas caminando sin prisa real por la acera como si hubieran pactado de antemano no adelantarse la una a la otra. Aquí en Naka-da nadie parece tener prisa, lo cual debería ser agradable y en parte lo es, aunque también me genera esa leve irritación de quien lleva varias semanas moviéndose y de repente se queda quieto sin saber muy bien qué hacer con las manos.

El repartidor de las cajas desapareció por una bocacalle antes de que pudiera ver cómo resolvía el problema de aparcar sin que nada se cayera. Me quedé un momento mirando el hueco donde había estado y pensé en lo que tengo pendiente con la tarjeta, en esa discrepancia que no termino de entender desde Busán, y luego dejé de pensar en ello porque no lleva a ningún sitio que no haya visitado ya.

Me metí en una especie de barra corrida de soba que no tiene nombre visible desde la calle, o si lo tiene está en un cartel tan pequeño que no lo encontré. Pedí señalando con el dedo, el único método que funciona sin japonés, y me traje a la barra la sensación de que el cocinero llevaba haciendo ese mismo gesto de añadir el caldo exactamente igual durante quince años. Eficiencia que roza el automatismo. El bol era más grande de lo que esperaba y el caldo tenía ese punto oscuro que yo asocio con demasiada salsa de soja, aunque no tengo suficiente base comparativa para ser categórico. Estaba bien. No como dicen en algunos sitios que lo ponen como revelación espiritual, estaba simplemente bien.

Desde mi trabajo suelo lidiar con sistemas que fallan por las razones más estúpidas posibles: un proceso que nadie documentó, una dependencia que todo el mundo daba por supuesta. Me acordé de eso en el soba porque alguien en esa barra había pegado un papel escrito a mano con instrucciones para el microondas que estaba justo al lado de la caja registradora, un microondas de uso interno, no para clientes, y las instrucciones eran largas. Cinco pasos para calentar algo. Cinco. Me pareció que entendía a esa persona completamente.

A lo lejos, por encima de los tejados planos de los locales del bypass, se escuchaba algo percusivo y difuso, el tipo de sonido que en agosto en Japón casi siempre significa que hay un matsuri en algún punto del mapa, aunque desde donde yo estaba no era posible calcular la distancia ni la dirección. No fui a buscarlo. Hoy no era ese tipo de día.

La moto del repartidor seguía sin aparecer cuando volví a pasar por el mismo tramo. Las dos personas de antes, o dos personas muy parecidas, seguían sin adelantarse.

Imprescindible en Natori, Japón

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