¿Cuántas veces puede uno volver al mismo callejón antes de que sea un problema? Tres, creo. Hoy han sido tres.

Empecé la mañana con un plan distinto: necesitaba cambiar dinero porque llevo los billetes sueltos en el bolsillo del pantalón desde que el cierre de la cartera se rompió, y tengo 501 rupias que viajan con la misma precariedad que yo. Había una oficina de cambio en Fort Road que alguien me mencionó ayer, pequeña, con un letrero escrito a mano que prometía mejores tasas que los sitios del bazar. Llegué a las nueve y cuarto. La persiana metálica estaba bajada hasta el suelo. No había nota, no había horario en la puerta, solo la persiana y el silencio de una calle que a esa hora todavía huele a polvo frío. Esperé veinte minutos apoyado en la pared de enfrente. Nada. Un hombre pasó con una caja de manzanas en brazos y me miró de la forma en que se mira a alguien que espera algo que no va a llegar.

A 3.650 metros el cuerpo hace cosas raras. La presión en los oídos no se va del todo, como si hubiera agua atrapada detrás del tímpano, y a veces la cabeza conecta puntos que en otro sitio ignoraría. Eso me digo a mí mismo para explicar lo del grafiti de ayer: que el cerebro con poco oxígeno busca patrones, que ve caras en el estuco y similitudes donde no las hay. Lo racional es claro. Lo racional es aburrido y no explica del todo por qué, al darme la vuelta para irme de Fort Road después de que la oficina siguiera sin abrir, tomé el camino que pasa por ese callejón entre los puestos de Matsik Chulung.

El grafiti seguía ahí. Eso ya lo sabía, no es que esperara que hubiera desaparecido. Pero esta vez me paré más tiempo y noté algo que ayer no vi o no quise ver: debajo de la nariz, en el lado izquierdo de la mandíbula del rostro pintado, hay una mancha de pintura más oscura, casi negra, que forma una irregularidad de unos dos centímetros. Yo tengo una cicatriz en ese mismo sitio, de una caída con la bicicleta a los once años, pequeña pero perceptible si uno se acerca. No es una cicatriz en el grafiti, claro. Es una mancha de pintura que podría ser cualquier cosa. Pero tiene exactamente ese tamaño y está exactamente en ese lugar, y me quedé mirándola hasta que un vendedor desde su puesto me preguntó si quería comprar pashminas, y le dije que no, y volví a mirar, y el vendedor volvió a preguntar.

Me fui sin comprar pashminas. Me fui con 501 rupias todavía en el bolsillo, la oficina de cambio sin abrir y una pregunta que no sé formular bien. El grafiti lo pintó alguien. Eso es lo único concreto. Alguien eligió esa cara, esas proporciones, ese punto en la mandíbula, y lo dejó ahí en una pared entre un puesto de especias y otro de fundas de móvil.

Me encantan los mercados normalmente, el desorden particular que tienen, el ruido de cosas que nadie necesita apiladas junto a cosas que todos necesitan. Aquí el bazar tiene esa misma lógica pero con más polvo y menos prisa, y en cualquier otra circunstancia me quedaría dos horas dando vueltas sin comprar nada y saliendo contento. Hoy no pude. Seguí caminando hacia el lado del mani wall que hay más arriba, donde el terreno abre y se ve la llanura rocosa y las montañas con nieve arriba, ese paisaje seco que no tiene escala, que podría ser enorme o pequeño según el rato que lleves mirándolo.

La oficina de cambio seguía cerrada cuando pasé de vuelta a mediodía. La mancha en la mandíbula del grafiti seguía siendo una mancha de pintura.

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