Hay una resaca que no tiene que ver con el alcohol. La tuve esta mañana, encima como una manta de agosto: el recuerdo de ayer, de estar de pie frente a un grupo de coreanos en Nampo-dong que me miraban con la expectativa que se le pone a alguien que sabe de lo que habla. Y da la casualidad de que sé de lo que hablo. Llevo años metido en esto, he montado cosas, las he roto, las he vuelto a montar, y cuando alguien preguntó en medio del jaleo si entendía de inteligencia artificial dije que sí con la cabeza sin pensarlo mucho. De ahí a media hora sin guion hay una distancia que se cruza sola cuando el material lo llevas puesto. Salió de puta madre. No lo digo por presumir, lo digo porque me sorprendió a mí: nadie miró el móvil, hubo preguntas al final, y las preguntas eran buenas. Lo raro vino después, cuando alguien me dio una tarjeta y me dijo algo en inglés que sonó a encargo. Guardé la tarjeta en el bolsillo del pantalón y esta mañana la encontré mientras buscaba el metro. La miré. La devolví al bolsillo.
Bajé al Mercado de Jagalchi sin un plan concreto. A esa hora los pescadores ya estaban de vuelta, o nunca se habían ido, es difícil saberlo. Los puestos huelen a salmuera y a algo más profundo que la salmuera, una capa de años que no se va con baldear el suelo. Una señora tenía dispuestos cangrejos vivos en una bandeja de plástico naranja y los ordenaba como si fuera una colección, con una paciencia que no encajaba con la velocidad del resto del mercado. No le compré nada porque lo que yo necesitaba era café, no cangrejos.
Encontré un pojangmacha en un callejón paralelo al mercado, de esos super típicos con techo de lona y bancos pegados a la pared, y el café que me dieron era café instantáneo en vaso de poliestireno. En casa esto me parecería un insulto. Aquí a las nueve de la mañana, con la luz aplastada por las nubes y el olor del puerto entrando por todas partes, era exactamente lo que era. Lo pagué con parte de lo que cobré por la charla anterior, que es la primera vez en semanas que el dinero que llevo encima tiene un origen y no solo un final. Me senté y me quedé un rato mirando a la nada.
El contratiempo del día llegó a media mañana: quería llegar al barrio de Kangkangnee por mis propios medios y el autobús que debía llevarme estaba fuera de servicio por algo que no entendí bien, anunciado en un cartel manual con letras rojas que parecía escrito a última hora. No fue ningún drama, pero me costó casi una hora encontrar una ruta alternativa. Podría haber cogido un taxi. No lo cogí, porque un taxi habría resuelto el día demasiado deprisa. Caminé parte del trayecto por una avenida sin sombra, con el asfalto reblandecido y las tiendas de ferretería y repuestos de moto que constituyen la infraestructura real de cualquier barrio que no esté pensado para visitantes. Eso me pareció bien. Me pareció más de verdad que cualquier atajo.
En el puerto, antes de volver, me quedé parado frente al agua. Había barcos de pesca medianos anclados sin orden aparente y en la orilla opuesta se veían redes extendidas para secar sobre estructuras de madera. El cielo seguía completamente cubierto, esa luz difusa que aplana todo y que a mí, viniendo del Mediterráneo, me produce una incomodidad física concreta, como cuando falta algo en el plato. En Tarragona en agosto la luz tiene bordes. Aquí no los tiene.
La tarjeta del tipo de ayer sigue en el bolsillo. Sigo sin saber qué hacer con ella.
Imprescindible en Busan, Corea del Sur
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