«No hay asiento libre», me dijo la chica del mostrador en el Ramen Yokocho, sin levantar la vista del bloc. Era la tercera vez que entraba a preguntar en veinte minutos, y el pasillo olía tan fuerte a caldo de miso que ya me lo estaba comiendo de pie. Llevaba en Sapporo poco más de dos horas y ya iba acumulando.

El vuelo de la mañana desde Natori había salido puntual, cosa que, dado cómo había ido todo en las últimas semanas, me resultó sospechosa. Ayer y anteayer ya había tenido contratiempos seguidos, y antes de eso aún más. La racha que llevaba encima era suficiente para desconfiar de cualquier cosa que saliera bien a la primera. Así que cuando llegué a la zona cubierta de Tanuki Koji y vi el cartel de un puesto de ramen con un sitio libre, me apresuré. Saqué el teléfono para pagar el bono de entrada que piden en algunos locales de la zona, y fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía la tarjeta de prepago que uso aquí. La había dejado en la mochila pequeña, la que no traje porque se me ocurrió que para una excursión de un día con tanto calor era mejor ir ligero. Una decisión brillante.

Sin la tarjeta no podía pagar el bono. Sin el bono no entraba al local. Y sin ramen en el Yokocho, ¿para qué había venido hasta Hokkaido? La pregunta era retórica, pero la hice en voz alta, y un señor con casco de obra colgando del cinto me miró como si le hubiera pedido que me lo resolviera. No dijo nada. Siguió andando.

Me quedé parado entre la corriente de gente con bolsas de la compra, tiendas con carteles en colores chillones a ambos lados, fluorescentes encendidos a pesar de que afuera había luz de tarde. Sapporo tiene esa cosa de ciudad diseñada en cuadrícula, muy planificada en el papel, pero en los interiores comerciales se pierde toda la lógica del trazado y uno circula como en un laberinto sin saber bien cómo ha llegado al punto donde está. Mi hermano diría que todo esto es «la locura» que elegí. La frase me viene cada vez que algo se complica de manera ridícula y evitable.

Encontré una máquina de cambio en una farmacia a mitad del pasillo y cambié los pocos billetes físicos que llevaba en el bolsillo trasero. Con eso podía comer, aunque no el ramen que quería sino el de un local más sencillo en la parte exterior de la galería, uno de esos que tiene la foto del plato plastificada en la puerta y un dispensador de agua autoservicio con el grifo siempre un poco suelto. El miso era espeso y tenía grasa flotando arriba en dos o tres islas pequeñas. No era lo mismo. Era correcto.

A mediodía la zona de Susukino ya empezaba a llenarse de gente que no parecía turista: hombres mayores con la chaqueta del trabajo todavía puesta, una chica contando monedas encima de una mesa plegable, un local de yakitori con la puerta abierta y el humo saliendo directo a la calle. Me senté en una de las barras exteriores a ver si el día mejoraba por inercia. El tipo sentado a mi lado tenía un vaso de cerveza con tres centímetros de espuma intacta, como si lo hubiera pedido y luego olvidado que lo tenía ahí.

La vuelta a Natori la tengo en pocas horas. La tarjeta sigue en la mochila pequeña, en casa, y el agujero que ha dejado hoy en el presupuesto es real y concreto, no metáfora. El grifo del dispensador de agua seguía suelto cuando me fui.

Imprescindible en Sapporo, Japón

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