El dueño del hostal me ha añadido a un grupo de WhatsApp de su familia. No me lo ha dicho. Ha mandado la dirección de una ferretería que yo necesitaba y punto, misión cumplida para él, pero nadie me ha sacado del grupo. Desde ayer por la mañana me llegan fotos de un bautizo: el niño en brazos de la madrina, el pastel con glaseado rosa, una tía que no sonríe a la cámara. No conozco a ninguno de estos señores y aun así sé que el pequeño se llama Rodrigo.
Con eso en la cabeza he cogido 7a Avenida hacia el norte, que es lo que haces aquí cuando no sabes muy bien dónde ir pero tampoco quieres quedarte quieto en la habitación mirando fotos de un bautizo ajeno.
Tecún Umán está ahí, en medio del tramo más ruidoso de la avenida, rodeado de puestos de móviles de segunda mano y señoras que venden chicharrones en bolsa. El pedestal tiene esa pátina gris verdosa que cogen las piedras cuando llevan décadas recibiendo lluvia y smog en proporciones iguales. Me he parado delante más tiempo del que pensaba. No porque sea especialmente imponente, que no lo es, sino porque la inscripción lateral está medio borrada y he tardado un rato absurdo en descifrarla, pasando el dedo por los surcos de las letras como si fueran braille. La piedra tiene una textura granulosa, casi arenosa en los bordes, y en algún punto alguien ha intentado limpiar algo con un estropajo porque hay una franja horizontal más clara que el resto, justo a la altura del pecho de la figura. Esa franja me ha parecido lo más honesto de todo el monumento.
A mi izquierda un tipo vendía reproducciones plastificadas de documentos oficiales. No sé qué documentos exactamente, no pregunté, pero el display estaba ordenado con una meticulosidad que no pegaba nada con el caos del resto del puesto.
Anteayer perdí pasta de forma bastante tonta: confié en una información que no debí confiar y pagué por ello de manera literal. El mes ha tenido más agujeros que otra cosa. No es algo que me quite el sueño a estas alturas, pero sí hace que me fije en detalles que antes habría ignorado, como cuánto cuesta el zumo de naranja en el puesto de la esquina de 6a Calle (cinco quetzales, lo que equivale a menos de lo que pensaba) o si el tipo del monumento lleva sandalia o bota. Bota. Lleva bota.
No había vuelto a esta parte de Zona 1 desde hace tres días, cuando intenté llegar a otro sitio y no llegué por razones que ahora mismo no merece la pena detallar porque ya las he detallado demasiado en mi cabeza. La cosa es que hoy no he intentado llegar a ningún sitio en particular. He venido aquí, a esta acera, y me he quedado el tiempo necesario para que el monumento dejara de parecerme una foto y empezara a parecerme una cosa real en el espacio.
El ruido en 7a Avenida por la mañana es de una densidad específica que no tengo claro cómo describir: bocinas, un predicador con megáfono a media manzana, el sonido de las lonas de los puestos moviéndose con el viento que baja desde el norte. No es desagradable si no llevas la cabeza en otro sitio. Esta mañana la he tenido aquí, más o menos.
Me ha llegado otra foto del bautizo. El pastel, otra vez, desde otro ángulo.
Imprescindible en Ciudad de Guatemala, Guatemala
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