Llevo dos días con el oído derecho medio cerrado, como si alguien hubiera puesto un dedo encima y no lo hubiera retirado del todo. No duele. Es más fastidioso que doloroso, un zumbido sordo que aparece cuando trago saliva y que no se va aunque bostece tres veces seguidas. Leí en algún sitio que a esta altitud el cuerpo tarda entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas en ajustarse, así que aquí estoy, esperando que el cuerpo cumpla su parte del trato.
Esta mañana bajé por Fort Road hasta el Main Bazaar con la intención de no gastar nada en concreto, que es la clase de intención que siempre sale mal. El mercado estaba ya lleno a las nueve: grupos de turistas con mochila grande comprando bufandas que claramente no necesitan en junio, puestos de especias con los sacos abiertos hacia la calle, un chico de unos dieciséis años que vendía zumos de manzana desde un carrito con una sombrilla rota que giraba ligeramente con el viento sin llegar a caerse. Me quedé mirando ese sombrilla más tiempo del razonable. A veces uno se fija en lo que no tiene solución inmediata.
No compré el zumo. No porque no quisiera, sino porque el precio que mencionó no coincidía con el que tenía escrito en el cartel detrás, y ya llevo demasiados días discutiendo tarifas como para iniciar otra. Hace quince días, hace doce, hace once: cada vez hay un número que no cuadra, una cuenta que no sale. No es nada grave por separado. En conjunto es simplemente irritante, como el oído.
Subí un poco hacia las ruinas del Palacio de Leh, pero hasta la mitad. El camino tiene escalones irregulares de piedra y el sol a mediodía cae de lado, muy blanco, muy duro, sin matices. Desde ahí arriba se ven las banderas de oración en los lomos de las crestas más lejanas, hilos de color que el viento mueve de forma continua y mecánica, sin dramatismo. Son delgadas a esa distancia. El paisaje detrás es completamente árido, marrón oscuro tirando a gris, con esa clase de belleza que no pide nada al que la mira. No da ningún consuelo pero tampoco lo exige. Me gusta eso de estas montañas: no negocian.
Bajé antes de llegar arriba del todo porque las piernas avisaron. No con dolor, con ese peso específico de los cuádriceps que en altitud aparece antes de lo esperado. Me senté en un escalón a la sombra de un muro y pensé, sin querer, en El Vendrell, en lo llano que es todo allí, en cómo en el Baix Penedès caminar veinte minutos en línea recta no cuesta absolutamente nada al cuerpo. La comparación no me ayudó a nada pero apareció sola, como aparecen este tipo de pensamientos cuando uno está medio sin oxígeno.
Hay un festival que lleva días con algún tipo de actividad en la zona, algo llamado Baha parab según el cartel que vi en la pared de una tienda de ultramarinos cerca de la mezquita. No sé exactamente en qué consiste. El cartel era pequeño, escrito a mano en dos idiomas ninguno de los cuales era español ni inglés, y la señora de la tienda no parecía tener ganas de explicaciones. Lo anoto como dato sin contexto, que es como tengo anotadas muchas cosas de este viaje.
Esta tarde no hice gran cosa. Fui a un local en el bazar a tomar un chai que estaba bien, no extraordinario, solo caliente y con suficiente jengibre para notarse. El hombre que lo servía tenía los pulgares envueltos en cinta adhesiva azul en ambas manos, lo cual me pareció una cantidad notable de accidentes simultáneos pero no pregunté. Pagué lo que marcaba el menú plastificado de la pared. Esta vez los números coincidían.
El oído sigue igual.
Imprescindible en Leh, India
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