¿Cuántas cosas pueden salir mal mientras uno simplemente se queda quieto?
Lo pregunto en serio, porque esta mañana descubrí que la tarjeta de transporte recargada que usé anteanteayer para subir al bus de Yeongdo tiene un saldo cero. No cero porque la gasté, sino cero porque la máquina de la parada cobró el trayecto tres veces seguidas y nadie, en el puesto de información con la persiana a medio bajar, supo explicarme por qué. Solo me miraron con esa cara de quien ya ha visto demasiadas preguntas incómodas antes de las diez de la mañana. Conseguí recuperar algo, no todo, después de cuarenta minutos rellenando un formulario en papel que exigía un número de documento que tuve que buscar en el correo porque nunca me lo sé de memoria. Dinero perdido, tiempo perdido, y la certeza incómoda de que esto ya no es una racha rara sino un patrón que se ha vuelto cotidiano.
Entonces me vine aquí, a este sitio cerca de los 168 Escalones que conocí por accidente hace tres días, una cafetería pequeña con cojines en el suelo y mesas bajas de madera oscura donde la única música que suena es el ruido del barrio entrando por la ventana entreabierta: alguien que arrastra una carretilla, el pitido lejano de un camión, un nido de conversación que no entiendo. La luz de la tarde cae sobre las tazas apiladas en la estantería, sobre una tetera dorada que lleva ahí el rato suficiente para tener una capa de polvo en la tapa. Pedí el té de cebada porque era lo más barato y porque no tenía ganas de tomar decisiones más complicadas que esa.
Y fue entonces cuando llegó el gato.
Gris, gordo de una manera que sugiere que hace esto profesionalmente, y con la actitud de quien no necesita permiso para nada. Se instaló en mi regazo antes de que yo pudiera reaccionar, giró sobre sí mismo dos veces como si estuviese calibrando el terreno, y se quedó. El dueño del local, un hombre con una camiseta desteñida de un grupo de rock que no reconocí, me miró desde detrás del mostrador y dijo algo que supuse era una advertencia porque sonrió mientras lo decía. Creo que fue algo del tipo «ahora no te puedes ir». No me puedo ir. Correcto. No me puedo ir porque si me muevo el gato me va a mirar con un reproche que no estoy en condiciones emocionales de manejar hoy.
El problema es que tenía que revisar el extracto del banco antes de las cuatro, comprobar si la devolución parcial de la tarjeta había entrado, calcular cuánto me queda realmente después de esta mañana y de los contratiempos de los últimos días. Anteayer ya fue un día raro con los transportes. Hace nueve días, otro lío de similares características. El patrón se repite con una regularidad que ya casi tiene algo de cómico, excepto que no lo es porque suma. Pequeñas cantidades, sí. Pero suman.
Así que aquí estoy: rehén de un gato callejero con derechos territoriales sobre mi pantalón, en una cafetería donde la tetera dorada lleva años sin moverse de su sitio, mientras afuera el barrio se prepara para algo festivo que no sé exactamente qué es pero que implica banderas y un locutor a través de un altavoz a tres manzanas. La tarde avanza. El extracto puede esperar. El gato ronronea con la satisfacción de quien ha ganado sin esfuerzo una negociación que yo ni supe que estaba teniendo.
La tetera sigue ahí. El polvo también.
Imprescindible en Busan, Corea del Sur
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