Llegué al Red Kettle con cinco minutos de retraso y el policía ya estaba sentado, con una taza de café a medias y una chaqueta de cuero encima de la silla que era exactamente el tipo de chaqueta que llevan los hombres que no quieren parecer policías fuera de servicio. Se llamaba Marcus, que no sé si es nombre común aquí o simplemente tuvo suerte. Ayer había sido todo muy rápido, muy de adrenalina, muy de gritos en Wharf Street y yo sujetando al tipo por el hombro sin saber muy bien por qué lo hacía, y Marcus apareciendo treinta segundos después con una calma profesional que francamente me dio más miedo que el ladrón.

La cena en Bridge Street era su idea, y yo la había aceptado en parte porque no tenía motivos para negarme y en parte porque llevo demasiadas semanas en las que cada gasto inesperado deja una marca. Una cena pagada por otro tiene un peso específico cuando el saldo aprieta, y sería hipócrita fingir que eso no influyó.

El Red Kettle no es el tipo de sitio que sale en las guías turísticas de Victoria, lo cual ya es un mérito. Mesas de madera con marcas de vasos sin posavasos, un ventilador de techo que gira a un ritmo que sugiere que alguien lo configuró en 1994 y nadie ha vuelto a tocarlo. Marcus pidió halibut. Yo pedí lo mismo porque no me apetecía pensar. Hablamos del robo, del barrio, de cómo la zona de Wharf ha cambiado en los últimos años de formas que él no termina de aprobar, y yo asentía con esa cadencia de quien escucha pero también está mirando por el rabillo del ojo si hay algo interesante en la barra.

Entonces Marcus dijo que tenía que hacer una parada en el templo budista de la calle Caledonia antes de volver a casa, algo de dejar unas flores de parte de un familiar. Me preguntó si quería acompañarle. Dije que sí sin pensar demasiado, porque el halibut estaba terminado y la noche era todavía joven y caminar me pareció mejor que volver solo a la habitación.

Lo que no sabíamos ninguno de los dos es que había una boda.

Entramos por la puerta lateral, la que Marcus conocía, y nos metimos de lleno en un pasillo con guirnaldas de papel naranja y al menos cuarenta personas vestidas de una manera que hizo que mi chaqueta gris, la única presentable que tengo y que cargo desde hace más de un mes, de repente pareciera casi intencional. Un hombre mayor con un traje color ciruela nos vio y nos señaló con una sonrisa enorme, dijo algo en mandarín que Marcus no entendió y yo tampoco, y antes de que pudiéramos aclarar nada había dos sillas más en la sala y dos platos con arroz dulce delante de nosotros.

Marcus me miró. Yo le miré. No hubo mucho más que hacer.

Estuve allí dos horas, comiendo cosas que no sabía identificar pero que estaban bien, aplaudiendo en los momentos en que todos aplaudían, y en algún punto un niño de unos seis años se sentó a mi lado y me enseñó a decir «felicidades» en cantonés tres veces hasta que lo pronuncié aceptablemente. La familia de los novios no parecía ni confundida ni molesta por nuestra presencia, lo cual dice algo sobre ellos que yo no sabría explicar bien.

Salí del templo con el olor a incienso metido en la lana de la chaqueta. Marcus me dio la mano en la esquina y se fue hacia su coche sin demasiada ceremonia, que es probablemente como debería terminar la mayoría de las cosas. El barrio a esa hora tenía esa quietud de martes por la noche que no tiene nada de especial, postes eléctricos, la pared de ladrillo del edificio de enfrente, una farola parpadeando al ritmo lento del ventilador del restaurante.

Imprescindible en Victoria, Canadá

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