«Bienvenido al infierno», dijo el hombre sentado frente a mí en el local de Xinhua Lu, señalando la ventana con la barbilla. No me lo dijo a mí, en realidad: se lo decía a nadie, o a todos, o al ventilador de techo que giraba sin ningún efecto sobre el calor. Pero lo escuché y asentí igual, porque llevaba razón.

Llegué a Korla esta tarde tras dos horas en el aire, y lo primero que hice al salir del recinto fue preguntarme si el termómetro estaba roto. No estaba roto. Cuarenta grados, o algo que se le acerca mucho, y un sol que aplana todo lo que toca: los carteles, las plantas de plástico en las terrazas, la voluntad de buscar taxi con prisa. Cuatro días en Leh a 3.650 metros me habían acostumbrado al frío seco de la altitud, al cielo oscuro y limpio, a esa sensación de respirar con esfuerzo que uno acaba tomando por normalidad. Aterrizas en el Tarim y el cuerpo tarda un momento en procesar que el mundo ahora es llano, ocre y completamente indiferente a tu presencia.

El problema, o uno de los problemas, es que ayer también hubo un retraso. El de anteayer también. Llevo contando estos contratiempos desde hace veinte días y he perdido la cuenta exacta de cuántos nervios me han costado, aunque la cuenta de cuánto dinero han costado la tengo bastante clara y no es agradable. En algún punto entre el sexto percance y este vuelo, dejé de ponerme dramático y empecé a ponerme pragmático, que no es lo mismo que resignado aunque desde fuera parezca igual.

En Xinhua Lu encontré un local sin nombre visible, o con un nombre en caracteres que no sé leer, donde sirven laghman: fideos tirados a mano en caldo con pimientos verdes y cordero. Me senté porque era lo más cercano y porque no tenía energía para buscar más. El hombre del ventilador era el único otro cliente. Tenía delante un plato casi vacío y una tableta vieja con la pantalla agrietada por la esquina superior derecha, reproduciendo algo con el volumen muy bajo. No levantó la vista en ningún momento salvo para hacer el comentario del infierno.

Los fideos estaban bien. No espectaculares, pero bien, con ese sabor a comino que aparece en esta parte del mundo y que a mí me gusta más de lo que debería dado que me cuesta identificarlo la mitad de las veces. La cocinera, que también era la camarera y probablemente la dueña, me trajo el cuenco sin preguntarme nada. Supongo que hay un menú y supongo que señalé algo sin darme cuenta, o ella simplemente decidió por mí, que tampoco es el peor resultado posible.

Fue en esa mesa, con el cuenco a medias, cuando vi entrar a Faisal. Lo había visto por primera vez hace días, en circunstancias que también implicaban una espera larga y una conexión fallida, y nos habíamos saludado con esa camaradería de tránsito que uno desarrolla cuando lleva suficiente tiempo siendo postergado por causas ajenas. Se quedó parado en la puerta del local, me reconoció, puso una cara que combinaba el alivio con el cansancio, y se sentó sin preguntar. Le trajeron el mismo cuenco que a mí.

Comimos durante un rato hablando de rutas y de retrasos y de por qué Korla no aparece en casi ningún itinerario turístico de la zona, lo cual tiene sentido geográfico pero no explica del todo la ausencia. Faisal opina que la ciudad existe principalmente para que la gente pase por ella, y yo no tengo argumentos sólidos en contra. Afuera, la carretera que se pierde hacia el desierto seguía siendo exactamente igual de larga que antes de que cenáramos.

Imprescindible en Korla, China

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