Hay una grieta en el muro de adobe frente a la casa de huéspedes donde me alojo en Changspa Road que tiene la forma exacta de una rama seca, y llevo dos días mirándola cada vez que salgo porque me ayuda a recordar que todavía estoy aquí, quieto, que no he ido a ningún sitio. A 3.650 metros el tiempo funciona de otra manera: no más despacio, sino con más peso en cada minuto, y yo arrastro ese peso con el oído derecho taponado desde hace tres días, como si el cuerpo aún negociara con la altitud algo que la altitud ya decidió sin consultarme.

Ayer perdí cincuenta rupias. No de una vez, no de golpe: el adaptador se fue el anteayer en Changspa Road, otros cien rupias que todavía no sé dónde cayeron exactamente, y luego ayer algo más, y cuando quise entender el patrón ya tenía un hueco de ciento cincuenta rupias en lo que queda de presupuesto y ninguna explicación que aguante examen. No hago drama con el dinero, o intento no hacerlo, pero cuando la suma empieza a crecer con esa paciencia de goteo constante, uno se pregunta si hay una variable que no ha identificado todavía. La cuarta vez que algo se retrasa o se pierde uno deja de atribuirlo al azar y empieza a buscar el sistema. Quizás no hay sistema. Quizás sí.

El relieve en la pared que encontré esta mañana en el circuito del Mani-wall me detuvo más tiempo del que pensaba detenerme. Es barro comprimido y pintado y el sol de la mañana le cae de un ángulo tan recto que cada trazo grabado proyecta su propia sombra diminuta, y durante unos minutos me quedé ahí parado sin escribir nada porque me pareció que intentar anotarlo era empequeñecerlo. Eso me pasa cada vez menos: me gusta el viaje como relato, como algo que se puede volver a contar y que tiene arco y lógica, pero hay momentos donde la lógica no sirve de herramienta y sólo sirve de peso muerto. Este mural era uno de esos momentos. Lo dejé sin nota.

El desconocido. Ayer lo vi en tres sitios distintos: cerca del Main Bazaar en Matsik Chulung, después en el tramo bajo de la calle que sube hacia el palacio, y por último en una tetería del barrio de Zangsti donde yo no tenía ningún plan de entrar pero entré porque el oído me dolía y quería sentarme. En ninguno de esos tres momentos cruzamos palabra ni mirada sostenida, y eso es lo que me inquieta más que cualquier confrontación directa: la no-mirada deliberada, el ángulo de cuerpo que dice «no te veo» cuando es obvio que sí. Hoy, hasta ahora, nada. Esa ausencia tampoco me tranquiliza.

He estado pensando, con la calma forzada que da no poder hacer otra cosa a esta altitud con la puerta que no cierra del todo, en qué opciones tengo. Puedo cambiar de ruta dentro de Leh, evitar los tramos donde ya me ha encontrado, replegar el radio de movimiento a dos o tres calles conocidas. Puedo intentar el contacto directo, que es incómodo y puede no llevar a ningún sitio. Puedo simplemente quedarme quieto y observar si el patrón se repite o se rompe solo. Ninguna de las tres me convence del todo, lo cual significa probablemente que ninguna es del todo equivocada.

Al final he tomado la que me parece la menos cómoda y por eso quizás la más honesta: mañana sigo el mismo itinerario de ayer. Misma hora, mismas calles, misma tetería de Zangsti si el oído me lo permite. Si aparece, al menos tengo un dato más. Si no aparece, también. El costo de quedarme visible es que sigo siendo visible, y eso es lo único que sé con certeza mientras la grieta del muro de adobe sigue teniendo forma de rama seca y el sol de las seis de la tarde le da desde el oeste con esa precisión que no necesita que yo lo anote.

Imprescindible en Leh, India

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