Ōzora. Primer día. El lector de tarjetas del único sitio donde podía comer algo decente en diez kilómetros a la redonda lleva, según el chico de detrás del mostrador, «un poco de tiempo así». Un poco de tiempo. Me pregunto cuánto es un poco de tiempo para alguien que tiene doscientos doce yenes en el bolsillo y ha llegado hace tres horas en el primer vuelo de la mañana desde Sendai.
La ciudad no es lo que esperaba, aunque tampoco esperaba nada concreto. Memanbetsu es la puerta de entrada y desde allí hasta el centro de Ōzora hay un trayecto en autobús que huele a ambientador de fresa barato y tiene los asientos de un azul desvaído que debió ser bonito en algún momento de los noventa. Me siento en el fondo, cuento los yenes por segunda vez (siguen siendo doscientos doce), y pienso que ayer perdí bastante dinero por una reserva que se esfumó sin explicación, lo cual significa que esta semana empieza en terreno incómodo.
El problema del lector de tarjetas es, siendo exactos, el séptimo contratiempo serio en veinticuatro días. No lo digo para dramatizar. Lo digo porque es el número real y porque al llegar a Ramen Umikaze-do con la maleta todavía colgada del hombro y la espalda cargada de horas en el aire, la idea de que el sistema no funcionara me pareció tan coherente con el mes que llevo que ni me sorprendí. Pedí el ramen de todas formas. Pagué en efectivo, con billetes arrugados, y el chico me devolvió el cambio contando cada moneda en voz alta como si sospechara que iba a protestar.
El caldo estaba bien. No es el mejor que he tomado en Japón, eso sería exagerar, pero el huevo marinado tenía la yema en el punto exacto y el fondo era más oscuro y menos salado que en Sendai, lo cual agradecí. Me comí todo porque no sabía cuándo iba a poder comer otra cosa con comodidad.
Después salí a dar una vuelta corta. Las calles de esta parte de Ōzora son anchas y silenciosas de una manera que no es pintoresca sino simplemente tranquila, como si la ciudad hubiera tomado la decisión hace mucho tiempo de no alborotar. Las casas son bajas, de madera en su mayoría, con esos tejados que sobresalen un poco y proyectan una sombra discreta sobre la acera. Un gato anaranjado estaba sentado encima de un cubo de basura verde sin hacer absolutamente nada, y me pareció lo más sensato que había visto en todo el día.
Lo que me falta, entre otras cosas, es el cuaderno verde. Lo perdí hace ya unos días y no he encontrado la manera de reemplazarlo, no porque no haya tiendas sino porque aún no he aceptado del todo que no aparecerá. Tenía anotaciones de los últimos contratiempos: el de hace trece días, el de hace nueve, los dos seguidos de hace cuatro y cinco. Un registro sin propósito claro pero que de alguna forma ordenaba el caos. Ahora cargo el desorden en la cabeza y es bastante menos práctico.
Barcelona aparece en los momentos raros, cuando menos la invoco. Algo en la luz de la tarde aquí, esa calidad horizontal y un poco dorada que tienen ciertas horas en los lugares que no tienen mar cerca, me recuerda el Eixample a las ocho de la tarde en septiembre, cuando el asfalto todavía guarda calor y las terrazas se llenan antes de que oscurezca. No sé muy bien por qué lo recuerdo ahora. Supongo que el cerebro hace esas asociaciones cuando está cansado y el estómago acaba de llenarse por primera vez en el día.
El gato del cubo de basura ya no estaba cuando volví a pasar.
Imprescindible en Ōzora, Japón
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