¿Cuántos días seguidos puede una persona mirarse los mismos campos de arroz antes de que empiecen a parecerle raros? Llevo sin respuesta definitiva, pero hoy me la estoy acercando. Los campos aquí tienen una geometría extraña cuando los ves desde el camino que baja hacia Memanbetsu: no son parcelas, son rayas, y cada raya tiene un verde ligeramente distinto dependiendo de qué etapa lleva el cultivo, y eso, bajo la luz del mediodía de agosto, produce algo que parece un efecto óptico barato pero que en realidad es solo agricultura.
El problema de hoy no es el paisaje. El problema es que ayer el sistema del único establecimiento en kilómetros que acepta pagos con tarjeta extranjera cayó por segunda vez en diez días, y yo me quedé pagando en efectivo lo que pude y dejando lo que no pude. Con lo que tengo ahora, que es menos de doscientos euros, cada decisión sobre comida tiene una aritmética concreta detrás. No es angustia, es cálculo. Y el cálculo de esta mañana fue: caminar hasta el Yokoyama Fruit Orchard, porque venden al peso y tienen un sistema de autopago en monedas que nunca falla.
Llegué antes de las diez. Había un hombre mayor revisando cajas de melón en la entrada, sin mirarme, con esa concentración de quien lleva treinta años haciendo exactamente lo mismo cada martes. Me acerqué a preguntar si el autopago seguía funcionando. No levantó la vista. «Funciona», dijo, señalando con la cabeza hacia adentro. Compré dos ciruelas y un trozo de melón de Hokkaido del que había sobrado de una caja abierta, pagué en monedas, y me senté fuera en un bordillo de cemento mientras comía.
Fue ahí donde una mujer con una gorra de béisbol naranja se detuvo a medio metro, miró mi mochila, y me preguntó, en japonés perfecto y con total naturalidad, si yo era el voluntario del festival de música que habían anunciado que llegaría esta semana. Le dije que no, que no era voluntario de nada. Ella se quedó mirándome un segundo más de lo normal, como recalculando algo, y luego simplemente se fue hacia su coche sin más comentario. No sé qué imagen proyecto aquí exactamente, pero aparentemente es la de alguien que está esperando instrucciones de otra persona.
El calor apretaba para cuando volví al camino de los campos. Hay un canal de irrigación que corre paralelo al sendero y produce un ruido muy concreto: no es el de un río, es más mecánico, como si el agua tuviera prisa burocrática. Me quedé parado ahí un rato sin razón particular, porque la sombra de unos árboles pequeños llegaba justo hasta ese punto y no más, y moverme habría significado sudar más. Eso es Ōzora en agosto: las decisiones importantes son sobre dónde está la sombra.
Anteayer perdí dinero en una situación que no quiero reconstruir porque ya la pensé demasiado anoche. El balance es lo que es. Lo que me queda para lo que queda tiene cierta lógica si no la rompo con imprevistos, y hasta ahora los imprevistos siguen llegando con una regularidad que ya empieza a tener su propio ritmo. Cinco días atrás también hubo algo. Y hace seis. En algún momento la racha deja de ser racha y se convierte en condición climática.
El campo de arroz más cercano a donde estoy alojado tiene una casa al fondo, pequeña, con el tejado oscuro, y esta tarde la luz caía de una manera que hacía que la casa pareciera un recorte, algo pegado encima del fondo verde. Estuve mirándola unos minutos desde la ventana. La mujer de la gorra naranja tenía razón en algo aunque se equivocara en todo: yo sí estoy esperando algo, aunque no sea instrucciones y no sepa exactamente qué.
Imprescindible en Ōzora, Japón
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