Hay un baño público cerca de la calle comercial, uno de esos barracones de obra de los que no sabes si están terminados o simplemente abandonados a medias, y la puerta no cierra. Lo descubrí demasiado tarde, con los pantalones ya a medio bajar, y pasé los siguientes dos minutos con el pie derecho extendido en diagonal, haciendo fuerza contra la madera, mientras el resto de mi cuerpo intentaba fingir que la situación era completamente normal. No lo era. El pie me temblaba a los cuarenta segundos.

Eso fue a primera hora de la mañana, antes de que la calle se animara. El cielo estaba completamente cubierto, esa nubosidad plana de agosto en Hokkaido que no amenaza lluvia pero tampoco permite nada parecido a la luz, y los comercios apenas levantaban las persianas. Pasaron dos personas con máscaras quirúrgicas y una bolsa de plástico cada una, sin mirarse entre ellos, sin mirarme a mí. Alguien dejó pasar un autobús en la parada sin subir, por razones que nunca voy a conocer.

Me había puesto en marcha con la idea de desayunar algo caliente antes de las nueve, lo cual sonaba razonable hasta que el primer sitio que encontré tenía un cartel en la puerta con un horario que empezaba a las diez y media. El segundo directamente no abrió. El tercero abrió, pero la máquina de vending de bebidas calientes que hay en la entrada solo aceptaba monedas y yo tenía ciento noventa yenes y algo de suelta. Suficiente para un café, aunque el café salió tibio y con espuma en la superficie que tenía más o menos la forma de un pez de cuatro aletas, lo cual no es ningún animal, y me lo bebí de pie en la acera porque dentro no había taburetes libres.

Mi hermano dijo una vez que dar la vuelta al mundo era «una locura». Lo recuerdo cuando pasan estas cosas, no porque me arrepienta de nada, sino porque me pregunto qué versión específica de locura tenía él en mente. ¿La de los días en los que la puerta del baño no cierra? ¿La de la espuma en forma de animal imposible? Probablemente imaginaba algo más dramático. Catástrofes con peso. No esta acumulación de minúsculas averías que no llegan a ningún sitio.

Anteayer se cayó otro sistema, el tercero en once días si cuento bien, y hace tres días desapareció dinero de una forma que todavía no entiendo del todo. No voy a explicarlo aquí porque no tengo una explicación que valga la pena leer. Lo que sí tengo es ciento noventa yenes y algo de cambio, que no alcanza para un almuerzo completo pero sí para seguir dando vueltas por la calle con cara de estar haciendo algo concreto.

La calle en sí no merece más descripción de la que ya tiene: edificios de dos y tres plantas con negocios en la planta baja, algunos de ellos cerrados de forma aparentemente definitiva, algún cartel de matsuri que nadie ha quitado todavía aunque el festival pasó hace días. El sonido de fondo era un altavoz lejano probando un micrófono, o eso parecía, porque la misma voz repetía lo mismo cada tres minutos con una cadencia que al principio interpreté como urgencia y después como simple rutina.

Volví a pasar por el baño al mediodía. La puerta seguía sin cerrar. Alguien había pegado una tira de cinta americana en el marco, mal puesta, sin llegar al pestillo. Un intento. No funcionaba, pero el gesto ahí estaba.

Imprescindible en Ōzora, Japón

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