¿Cuánto tiempo lleva aterrizar en una ciudad nueva antes de que la ciudad nueva empiece a parecerse a todas las demás? En Cancún, la respuesta ha sido aproximadamente cuarenta minutos.
He llegado esta tarde con la energía intacta y una ligera sensación de que algo pendiente me seguía en el equipaje. Ayer, en Ciudad de Guatemala, un tipo se me acercó cerca del mercado y me dijo que conocía un sitio donde cambiaban dólares mejor que cualquier banco, que él mismo lo usaba, que era de toda confianza. No le di nada, pero tampoco me alejé tan rápido como debería haberme alejado, y eso me quedó rondando. En el avión he ido pensando en eso, en la cara de quien te ofrece algo que no has pedido.
Avenida Yaxchilán huele a fritura y a ambientador de fresa barato. Es una calle que no pretende ser bonita, lo cual le agradezco. Los letreros de "Tacos & Mariscos" y "Cold Drinks" compiten en tamaño y en número de signos de exclamación, hay gente haciendo cola ante puestos de medio metro de mostrador, y el ritmo es el de alguien que tiene prisa pero no sabe exactamente hacia dónde. He caminado el tramo entero dos veces, que es la manera en que yo proceso un sitio nuevo: primero para ver qué hay, segundo para decidir si lo que vi merece más atención o si me lo había imaginado mejor.
El encuentro ha sido en el segundo pase, cuando ya llevaba las gafas de montura verde en la mano porque sin ellas no leo los precios escritos en esas pizarras de tiza que ponen a la altura del suelo. Un hombre con delantal de plástico azul me ha llamado desde un puesto y me ha dicho que el kilo de camarón estaba a precio de temporada, que entrara, que no me iba a arrepentir. Le he preguntado el precio. Me lo ha dicho. He mirado el cartel con las gafas puestas y el cartel decía otra cifra, bastante distinta. «Es que ese es el precio sin la salsa», ha explicado, con una serenidad que, hay que reconocerlo, era casi admirable. Le he dicho que no, gracias, y he seguido. La salsa. Claro.
Es en ese momento cuando he conectado los dos días: el tipo de ayer en Guatemala con su cambio de divisas de toda confianza, y el tipo hoy con su camarón sin salsa. No es que sean lo mismo. Pero hay una gramática parecida, una forma de construir la frase en la que el número real aparece siempre en la segunda oración.
Piknik estaba dos puestos más allá. Me he sentado en uno de los taburetes de plástico blanco que tienen fuera, he cogido el menú plastificado y he pedido dos tacos de cochinita y una agua fresca de jamaica. Ochenta y cinco pesos. El precio estaba en el menú, coincidía con el del cartel de la entrada, y la cochinita sabía a achiote sin disculpas ni adornos. No es el mejor taco que he comido en mi vida, y no tengo ninguna razón para afirmarlo, pero era honesto, y esta tarde eso me ha parecido suficiente.
La fila de al lado no paraba de moverse. Alguien delante de mí pedía su segundo taco y deliberaba en voz alta como si fuera una decisión trascendente. Quizás lo es. Yo me he quedado con los dos.
Imprescindible en Cancún, México
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