La app se quedó congelada justo cuando me faltaban doscientos metros para encontrar la entrada al manglar. Pantalla negra, rueda de carga girando, y yo parado en una carretera sin sombra con el sol de las diez de la mañana pegándome en la nuca. Reinicié. Volvió a cargarse y se volvió a quedar. Empecé a preguntarme si el teléfono habría decidido tomarse el día libre antes que yo.

La Reserva Ecológica Ombligo Verde no es fácil de encontrar sin navegación, o eso digo yo para justificar los veinte minutos que estuve caminando en la dirección equivocada por una calle paralela llena de obras y de polvo fino que se metía en la garganta. Al final cogí la orientación por el olor: a medida que el asfalto se va acabando y las casas se espacian, el aire cambia a algo más pesado y vegetal, casi dulzón si el viento sopla bien, y que puede volverse bastante desagradable si no sopla. Así encontré la entrada. No tiene cartel grande. Tiene un trozo de valla metálica abierta y un camino de tierra que no invita exactamente a entrar.

Ayer por la tarde, antes de que el plan de hoy tomara forma, había quedado en volver por el puesto de Marlén en el mercado. Ayer pasé el día entero ahí, ayudándola a montar y a desmontar, aprendiendo a poner precio a cosas que ella conoce de memoria y yo no sabría valorar ni con una semana de práctica. Al cerrar contamos juntos lo que había sacado en doce horas de sol y de trato con turistas que regatean en un español muy aproximado. La cifra fue más baja de lo que yo esperaba y creo que también más baja de lo que ella esperaba, aunque no lo dijo. Esta mañana le mandé un mensaje antes de salir pero no me ha contestado todavía, y eso me ha estado dando vueltas mientras caminaba entre las raíces del manglar.

El manglar en sí no es espectacular de la manera en que lo son las playas de aquí, que sospecho que están diseñadas para ser fotografiadas. Es espectacular de otra forma, más incómoda: la humedad se pega a la ropa desde el primer minuto, los mosquitos tienen una agenda propia, y el suelo no es plano sino una red de raíces que te obliga a mirar dónde pisas en vez de mirar adelante. La luz que entra filtrada por las hojas es lo único que cumple las expectativas, y aún así me cuesta entender para qué sirve si no llevas sombrero y ya tienes la cabeza sudada. Me arrepiento bastante de no haberme traído uno.

Me senté un rato en un tronco caído que no parecía demasiado podrido y dejé que el teléfono se enfriara. El GPS seguía sin funcionar bien. En algún punto de la reserva había un grupo de personas con guía, oí sus voces pero no los vi, lo cual me pareció un detalle interesante de la vegetación: absorbe el sonido de forma rara, te llega como si viniera de debajo del agua. No sé si eso tiene alguna explicación botánica o si simplemente me lo estaba imaginando por el calor.

La vuelta la hice a pie porque el autobús que debería pasar por la carretera de acceso no pasó. Esperé diecisiete minutos con el reloj en la mano antes de rendirme y echar a andar. Son más de dos kilómetros hasta la primera parada donde sí paran, y los hice con el móvil funcionando a medias y una sensación bastante clara de que el día no había salido exactamente según el plan, aunque tampoco tengo muy claro cuál era el plan.

El mensaje de Marlén llegó cuando ya estaba a punto de doblar hacia el hostal. Solo dos palabras y un emoji de sol. No era la respuesta que esperaba pero tampoco sé qué respuesta esperaba.

Imprescindible en Cancún, México

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