Había una gota de lluvia en la cremallera que chispeaba como si alguien hubiera olvidado cerrar algo importante, y la mochila estaba sobre el banco de Monteliusvägen, sola, junto a un mapa de metal donde nadie señalaba nada. Eso me molestó porque en Estocolmo no esperaba descuidos así, no en esta ciudad que parece ordenada hasta cuando se equivoca. No me gusta que la gente deje pertenencias sin atender, menos cuando solo quedamos yo, la mochila y un par de cuervos que la observan con más interés del que merece un objeto inmóvil. La toqué con la punta del dedo para ver si vibraba, y sí, vibró: un teléfono dentro, sonando, ahogado bajo la tela. Entonces supe que la mañana iba a girar alrededor de eso, lo quisiera o no.

Ayer estuve en Uppsala, en un taller pequeño cerca de la catedral, donde un artesano que también enseñaba algo de programación me hablaba a la vez de cómo hacer un cuenco de madera y de cómo entrenar un modelo pequeño en un portátil viejo. Me cayó bien sin razón concreta, tenía esa mezcla de paciencia y desorden que suele asociarse a la gente que de verdad sabe hacer dos cosas distintas. Antes de despedirme dijo algo que se me quedó: que casi todo lo que la gente pierde, lo pierde porque deja de mirarlo durante demasiado rato. Lo dijo mientras envolvía un cuenco que no había vendido. Yo lo recordé esta mañana, al toque del dedo en la cremallera, lo cual no es del todo justo para él ni para el cuenco, pero la cabeza ata así.

El teléfono seguía vibrando por intervalos cortos, como si quien llamaba supiera que no había mucha esperanza pero lo intentara igual. Me planteé tres cosas mal en orden: abrirla, dejarla, llevársela a alguien. Abrirla me parecía una pequeña violación que no me apetecía hacer en mitad de un mirador con vistas a Riddarfjärden; dejarla, una cobardía con disfraz de respeto; llevársela a alguien, una molestia que se iba a comer la mañana entera. Me quedé sentado en el otro extremo del banco unos minutos, fingiendo que miraba el mapa de metal, fingiendo que esperaba a alguien yo también. Llegué a la conclusión obvia diez minutos después de haberla descartado dos veces: la mochila no era mía pero el tiempo que llevaba mirándola sí.

La levanté con cuidado, sintiéndome ridículo al hacerlo, porque cargar una mochila ajena tiene algo de delito civil pequeño aunque la intención sea limpia. Bajé hasta Folkungagatan por una baldosa escalonada donde el agua corre en filigrana por las juntas, y oí los sonidos correctos del barrio a media mañana: un ciclista que frena mal, la campana de una tienda de instrumentos, el olor a pan de centeno de Fabrique cruzando la calle. No tenía plan, solo la sospecha de que alguna comisaría cerca de Götgatan me quitaría el bulto de encima. Una mujer mayor con bolsas del supermercado me miró con suficiente desconfianza como para hacerme dudar si yo era el que había perdido algo o el que se lo llevaba. No se lo expliqué.

La comisaría de Södermalm tenía el cartel en sueco y un timbre antiguo que no parecía conectado a nada. Dentro, una agente que evitaba el contacto visual escribía con una mano y bebía café con la otra, lo cual me fastidió un poco porque esperaba eficiencia y encontré coreografía. Le expliqué dónde había encontrado la mochila y cómo me había planteado abrirla, y ella anotó todo sin levantar la vista, salvo cuando mencioné el teléfono vibrando, momento en el que me miró por primera vez con algo parecido a interés. Me dieron un número de referencia en un papel pequeño y la indicación de que volviera al cabo de cuarenta y ocho horas si nadie reclamaba. Salí con la sensación rara de haber hecho una cosa correcta sin que nadie me lo agradeciese, que es probablemente la forma adulta de hacerlas.

Volví a Monteliusvägen al final de la tarde, no por ningún motivo concreto, solo porque quería ver si el banco seguía mojado y vacío. Estaba. La gota de la cremallera, que había sido todo el principio de la historia, ya no estaba en ningún sitio. Me senté en el mismo extremo donde había fingido esperar a alguien por la mañana, miré Riddarfjärden cambiar de color, y saqué del bolsillo el papel con el número de referencia. Lo doblé otra vez sin abrirlo y lo guardé. No tenía conclusiones que sacar; la mañana se había gastado en una decisión razonable y la tarde, en aceptarla, que ya es bastante.