Llevaba el papel doblado en el bolsillo del abrigo desde ayer: un número de referencia que alguien dejó en la nota de Gamla Stan, con una letra muy pequeña al margen que decía "SkyCity, antes del domingo". Hoy es sábado. El plan era cruzar la ciudad por la mañana y resolverlo en persona, pero cuando abrí el portátil para confirmar el horario del servicio de objetos perdidos me encontré con que el sistema de la web no cargaba nada, solo una pantalla gris con un icono que giraba sin parar. Lo intenté desde el móvil. Igual. Así que me quedé quieto.
Eso fue lo que hice: quedarme quieto. Me tomé el café del hostal de pie, junto a la ventana, mirando Drottninggatan llenarse de gente que caminaba rápido bajo una lluvia fina que no mojaba del todo pero sí lo suficiente para que todo el mundo llevara la capucha puesta. Los paneles publicitarios iluminados de los edificios del otro lado brillaban más de lo normal sobre el granito mojado. La calle olía a agua fría y a algo que no supe identificar, quizás escape de furgoneta, quizás asfalto caliente bajo la lluvia, quizás las dos cosas.
Bajé hacia las once. No tenía ningún sitio concreto al que ir, lo cual es una situación que me pone nervioso aunque no lo parezca. Me metí en un café en una bocacalle, pedí algo caliente y, en el momento en que el chico detrás de la barra me trajo la taza, le dije «tack» con la entonación que había practicado mentalmente dos veces antes de abrir la boca. Él me miró. La pareja de la mesa de al lado también me miró. Y entonces el chico de la barra sonrió de una manera que no era amable sino divertida, y me explicó en un inglés perfecto que «tack» es gracias, no sí, ni por favor, sino gracias, y que yo lo había usado para pedir la cuenta cuando acababa de recibir la taza. «Técnicamente», dijo, «me has dado las gracias por un café que todavía no has tomado.» La pareja de al lado seguía con cara de haber presenciado algo que les alegraba el día. Me cayó mal esa pareja, sin razón concreta.
El café estaba bien, aunque no tan bueno como dicen los cafés escandinavos en general, que tienen cierta fama que creo que viene de los locales y no del producto. El sitio tenía una impresora en un rincón que nadie usaba y un cartel de papel pegado con cinta en la pared que decía algo en sueco con muchas letras «å» que yo no iba a entender aunque lo mirara todo el día.
Sobre las doce y media llamé al número de la nota. Tardaron en coger. Cuando alguien respondió le expliqué lo del paquete, el número de referencia, el margen con la fecha. Me pusieron en espera dos veces. Al final una mujer me confirmó que había algo registrado a ese número, que podía recogerlo antes de las seis o autorizar un envío, y me dio opciones que anoté en el cuaderno. Elegí el envío. Me pidió una dirección y yo le di la del hostal de Barcelona porque es la única dirección fija que tengo ahora mismo, que es una frase que suena peor de lo que la vivo. La mujer no comentó nada al respecto.
El número de referencia ya no está en mi bolsillo. Está en el cuaderno, tachado con una línea horizontal, con la palabra «hecho» al lado y la hora: 12.51. La lluvia seguía cayendo cuando salí, igual de fina, igual de suficiente.
Imprescindible en Estocolmo, Suecia
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